“La noche de los tubos” y los crímenes de Dálmine-Siderca

25.09.16

“La noche de los tubos” y los crímenes de Dálmine-Siderca

La historia es así: Alberto Bedia, Osvaldo Culzoni, Manuel Martínez y Raúl Moreno, son los desaparecidos de la empresa… y por la empresa. Ellos y los casi ochenta trabajadores de Dálmine-Siderca víctimas del terrorismo de Estado. 

Era una época en que los muchos dominados se habían separado de los pocos dominadores… y los asustaron. Dijo un directivo de la empresa Petroquímica Argentina SA, de San Lorenzo, luego de ver la experiencia de toma de fábrica y control obrero de la producción durante un mes, que los trabajadores habían demostrado que los empresarios eran “socialmente inútiles”. Hasta la experiencia de gestión sindical en Segba enseñó lo complejo del poder obrero y la peligrosidad que irradiaba para el capital.

Cuando decimos “poder obrero”, no sólo decimos que muchas y diferentes minorías combativas fueron revolucionarias y dieron sus vidas por un ideal. Decimos mucho más: que los trabajadores organizados se convirtieron en un serio problema para los planes de las empresas. Y esto fue así porque peleando en el día a día laboral, en las organizaciones de base, en el sindicato y en la política, tomaron cuerpo todas las ideas revolucionarias, desde las más a las menos radicalizadas, desde las más a las menos utópicas. Y los empresarios tuvieron problemas para garantizar la producción, para disciplinar las fábricas, para imponer su autoridad, en definitiva, tuvieron problemas para ser rentables: su interés más mundano, la ganancia, estaba fuera de su control.   

Hace poco, leía unos papeles internos de la empresa de la época del Golpe. No me deja de causar sorpresa una de las prácticas represivas que adoptó la compañía: el uso de la policía interna, la Agencia de Vigilancia, dirigida por un ex suboficial de la Fuerza Aérea. No me sorprende que esta policía privada se hiciera cargo de la persecución de los obreros militantes, que señalara a quien secuestrar y torturar y qué preguntarles, que los identificara para que las Fuerzas Armadas o de Seguridad los desapareciera. Lo sorprendente es su preocupación por mantener la disciplina de todos los trabajadores, por cuidar el tiempo y los equipos de producción. Mejor dicho, lo sorprendente es ver cómo se valieron de los medios y el aval del Estado Terrorista para reinstalar el orden productivo. A los trabajadores que “perdían” o les extraviaban sus herramientas, se los convocaba a la portería para enfrentar simulacros de procedimientos judiciales internos, por supuesto, ilegales. Se les podía descontar dinero, pero también podían terminar en la Comisaría de Campana. El miedo, el terror, era ejercido por la propia empresa. Estas situaciones limpian el escenario y ponen de relieve el ataque central al trabajo como un todo.

Pero el trabajo como un todo tiene sus formas, sus expresiones. Y la represión no atentó contra los trabajadores “pelados”, desorganizados. No, la represión fue contra los trabajadores que estaban organizados, ya políticamente, ya sindicalmente. Y sindicalmente, estaban todos organizados en la Unión Obrera Metalúrgica, la poderosa UOM. Entonces la represión también fue contra el sindicato. Las víctimas que produjo Dálmine-Siderca son las víctimas del sindicato. La Lista Rosa, la Lista Azul, la Lista Naranja, de 1974, todas tuvieron sus víctimas. Claro que la represión fue mucho más intensa y brutal contra algunos y mucho menos contra otros. Así como también estuvieron quienes se incorporaron al mecanismo represivo y se convirtieron en las “fuerzas amigas”, los “sindicalistas consustanciados con el Proceso de Reorganización Nacional”, como decía la Directiva 504/77 del Ejército. Pero la historia de los trabajadores desaparecidos, secuestrados, detenidos, torturados y asesinados, es también la historia de la UOM de Campana. Las luchas posteriores por la seguridad laboral, por la flexibilización de tareas, por los convenios y contra la tercerización, las luchas actuales contra las suspensiones, son legado del terrorismo de Estado.

A Bedia, Culzoni, Martínez y Moreno, se los llevaron una misma noche-madrugada, la del 22 de septiembre, hace cuarenta años. Hoy le llamamos “La Noche de los Tubos”. Ellos, y todos los otros, eran parte de ese “poder obrero” que amenazó el orden del capital. ¿Y cómo el capital recuperó el orden? No se trató de que la empresa Dálmine-Siderca, hoy Tenaris, del Grupo Techint, de la familia Rocca, diera órdenes al Ejército para llevar adelante la represión. Es más complejo que decir que el Estado fue el instrumento del capital. Si hubiese sido así, no podríamos explicar que hubo empresarios fundidos, secuestrados, robados y considerados por el Ejército “subversivos”. Como así tampoco sirve volver a sostener que el Golpe fue la lucha contra la “subversión”, la “guerra” entre “dos demonios”; insistir que se trató solamente de la represión ilegal contra las guerrillas y unos cuantos “perejiles”; o reducir el rol de los empresarios a una “complicidad civil” con la Dictadura.

El terrorismo de Estado y el Golpe de marzo de 1976 consumó una estrategia. Un grupo de empresarios, los más poderosos entre los poderosos, tuvieron necesidad de cambiar las cosas de forma sustancial, porque el problema que enfrentaban cada uno y entre todos era sustancial. Las fábricas estaban en crisis, pero también estaba en crisis todo el orden social, político e ideológico que les garantizaba existir como clases dominantes. Su estrategia, de rentabilidad, de acumulación, requirió un cambio en el Estado, en el sistema de dominación. Y ese cambio tenía que ser brutal, y brutal tenía que ser la forma.

Y así nació aquella alianza genocida, que no fue la primera en la historia argentina, pero fue la peor. Las fuerzas militares, con sus corrientes y contradicciones internas, tenían su propia agenda de trabajo y transformación, y este grupo de empresarios, los más dominantes entre los dominantes, se dio la tarea de planificar e implementar el nuevo modelo económico e intervenir en la reestructuración del mundo laboral. A este conjunto de empresarios que participó de esta alianza les cabe responsabilidad histórica y política en los crímenes de lesa humanidad. Pero hay más: a muchos de ellos, de sus empresas, de sus cuadros directivos y jerárquicos, les cabe una responsabilidad penal. Porque dijeron presentes en el ejercicio de la represión. Porque proveyeron los medios necesarios y porque se hicieron cargo ellos mismos, con sus propios cuerpos, para que ésta se llevara a cabo. Porque su involucramiento fue fundamental para llegar a la médula del poder obrero: las comisiones internas, los cuerpos de delegados, delegados y otros activistas. Allí está Marcos Levín, ex dueño de la empresa de transporte La Veloz del Norte, primer empresario condenado por este tipo de crímenes. Y allí está Dálmine-Siderca, Techint, “La noche de los tubos” y los compañeros detenidos, asesinados y desaparecidos.